Estoy cansado, estoy indignado, estoy desilusionado. Estoy en un proceso en que cada día veo que las consignas están llenas de vacíos, que las campañas de marketing son la invitación a la ficción, que el papel puede mucho, que las palabras se las lleva el viento. Pero lo más elocuente es que nuestros actos finales son el fiel reflejo de nuestra persona y esencia, y no así lo que nuestro discurso entrega cada vez que se emite.

El sábado pasado fui a marchar por los enfermos, pero realmente la marcha iba más allá de caminar unas cuadras con pancartas, gritos al viento y sobre todo falta de argumentos y llenos de odio. Fue una marcha de reflexión, no frente al mar ni en el taco, ni frente a un lago, sino reflexionando en el mismo epicentro de lo que hoy es nuestra sociedad, esa en la que muchos abusan y cuando son descubiertos se indignan y golpean la mesa, y otros que todo lo alegan pero a la hora de las acciones -como el voto- prefieren quedarse acostados porque dejó de ser obligatorio.

Ese día sábado mientras caminaba pensé sobre algunos hechos concretos y cotidianos. Hoy con las redes sociales es más accesible todo tipo de información, a veces verídica muchas también falsas, pensaba sobre cómo una Clínica que se dice responder a ciertos valores religiosos era capaz de dejar a un hombre postrado en la cama y sin hacerse cargo de su vida en el futuro, dejándolo a la suerte de sus ahorros y la beneficencia de sus amigos. Pensé también cómo algunas empresas de consumo que apelan a la unión de los cinco  continentes, al amor por la madre o así sucesivamente, montan un escenario paupérrimo para estafar sin pudor. Cómo un dueño de farmacia y laboratorio puede besar a sus hijos sabiendo que construyó un vida en desmedro de que otros no tuvieran la oportunidad de pelear por ella. Así, cómo pudo dormir quieto y jugar con sus hijos cuando sabe que otros como él duermen bajo el puente y se alimentan de neoprén, crecen con hambre, frío, odio, y sin oportunidades y luego, tienen el descaro -cuando delinquen- de decir “es que ese cabro nació malo”, como es el ejemplo del Cisarro.

No puedo comprender a aquellos que se escudan en culpar al otro por sus actos y no son capaces de partir por reconocer errores propios. Lo veo en nuestros candidatos que se amparan de silencios en pasos y en buscar la división, en vez de asumir errores y construir un verdadero futuro próspero y sólido en base a la confianza las oportunidades el respeto y la amistad. Cómo dejar de pensar en el caso de un pueblo mapuche, que cierto estoy que si hay casos de violencia no representan ni por mínimo una mayoría, sino por el contrario una real minoría, y que más busco la culpabilidad versus el querer comprender y entender las causas de estas acciones.

No logro entender a los ciudadanos que reprochan el actuar de organizaciones, empresas, personas, y que luego siguen prefiriendo las mismas porque la otra queda más lejos, o él es de mi color o porque simplemente preferimos el menos malo. No puedo comprender ni entender que pidamos libertad de acción y cuando algo tan básico como ir a votar es desechado -pese a que reclamamos por instancias de participación- por escusas como “me quedé dormido” o “salí fuera de la ciudad”, total, “ya no es obligatorio”.

No me explico que no puedan comprender que en nuestras acciones y reflexiones diarias está la posibilidad de construir un país de verdad más justo, una vida más plena, con más oportunidades y donde se comprenda que la vida no es pedir, sino es postular a vivir en un país que brinde las oportunidades y que con esfuerzo, podamos retribuir esa opción. Espero que comprendan como yo, que la reflexión es necesaria y que el mundo no vive de consignas, sino de acciones y diálogo transversal.

Steve Weitzman

Coordinador Nacional Red Pacto Global Chile

Director Magister Comunicación Estratégica y RS

Director Magister Sustentabilidad y Estándares en RS

Universidad Andrés Bello