Corría 1989 y el mundo vivía cambios rotundos. Cambios de una forma de vida a la cual jamás deberíamos regresar. Se culminaba el período de la polarización, se acababa la burbuja de unos pocos, comenzaba la era donde podríamos saber de todo, donde los países ya eran más cercanos.

Un mundo donde McLuhan acertaba con su teoría de la Aldea Global. Donde la realidad de otros hoy era capaz de afectar la mía. ¿Y en Chile? Acá comenzaban también los nuevos aires, iniciábamos un camino diferente, donde existía apertura de diálogo, donde podíamos discutir sin temor. Pero también florecía el sentimiento de la odiosidad, capaz de generar ceguera y dejar de ver el fin último de todo actor social: el bienestar de una sociedad.

En 1987, la Comisión Brundtland terminó por establecer la definición de sostenibilidad, la cual venía siendo discutida desde Estocolmo 72. En resumen, se estableció que el mundo debe evolucionar y avanzar sin mermar el sitio a la futuras generaciones, algo que a veces, cuando se analiza, puede ser bastante complejo porque no está demás decir que cada acción del ser humano causa algún tipo de impacto, y que muchas de esas acciones se requieren para evolucionar hacia un mundo, ojalá más igual, más equitativo y donde nosotros hoy cumplimos y cumpliremos un rol fundamental, no como algunos antiguos y, peor aún, jóvenes que han caído ya en el discurso antiguo propagandístico y memorizado jerárquicamente.

Sí, hoy somos la generación de las preocupaciones, de mejorar lo que se ha avanzado como de definir lo que nadie se ha atrevido. Y es que lo más importante, de ser nosotros quienes entendamos la necesidad del diálogo por sobre los beneficios propios que antiguas generaciones, no son capaces de comprender.

Porque primero está un Chile sin niños trabajadores “menores de 15 años” –unos 196 mil según estudio 2006. Está un Chile sin pobreza –actualmente 11%–, un Chile con viviendas dignas y mejores salarios, un Chile con mayor salud, un Chile sin hambre y con una matriz energética definida pro energías limpias. Está un Chile con menos asistencialismo y más oportunidades de auto desarrollarse, más inclusivo en oportunidades, deberes y derechos, un Chile donde el empresario y el trabajador se respeten y comprendan la mutua necesidad para avanzar y construir.

Un Chile donde dialogar con los pueblos originarios es avanzar a una inclusión cordial y respetuosa (Convenio 169 OIT), donde descentralizar sea sinónimo de bienestar. Está un Chile donde todos somos iguales, sin importar religión, condición sexual, equipo de fútbol y clase social.

Somos quienes debemos construir el verdadero cimiento del Chile del mañana, ese que lograremos quitarle a los que hoy predominan para prepararles y pavimentarles el camino a los que predominarán después, pero que nosotros difícilmente podremos alcanzar a ver. Por ello, me siento orgulloso de ser parte de la generación sin egoísmo, de esa que lucha hoy, para que las generaciones futuras tengan un Chile mejor.

Steve Weitzman

Coordinador Nacional Red Pacto Global Chile

Director Magister Comunicación Estratégica y RS

Director Magister Sustentabilidad y Estándares en RS

Universidad Andrés Bello